Las bombas atómicas (I)




“Cuando cae la bomba atómica, el día se convierte en noche y las personas se convierten en fantasmas”
-Sakamoto Hatsumi, 1952.

“Bajo un resplandor azul claro, el sol negro, los girasoles marchitos, los techos hundidos, las personas alzaron sus rostros sin decir nada: ojos ensangrentados que intercambiaban miradas y pelándose la piel, sus labios inflados como berenjenas, cabezas apuñaladas por trozos de vidrio… ¿Cómo puede ser eso un rostro humano? Todos se preguntaban eso al mirarse entre sí mas todos quienes eso pensaban tenían la misma cara… Sin siquiera gritar de horror, hacia un sitio sin llamas, figuras desnudas venían del oeste y del este, su piel pelándose hasta el punto que no sabías distinguir si eran hombres o mujeres, estos seguían cual procesión de fantasmas. En medio de todo esto, de pronto una mujer en camino se detuvo para colocar dentro algo como una faja que se estaba saliendo, ¡y eso que las llamas estaban tan cerca!

Alguien, incapaz de soportarlo más, dijo: -¡Ven! ¡Tira eso, vámonos!
Y ella respondió: -Son mis intestinos.

Los recuerdos de ese día se quedaron grabados literalmente cual marca de fuego en la consciencia de los supervivientes.

Escribir sobre la bomba estaba estrictamente censurado durante la ocupación estadounidense en Japón mientras bombas más grandes se almacenaban y preparaban para usarse. La literatura y el arte que ha emergido desde entonces ha ayudado a impulsar un movimiento sin fronteras antinuclear, una de las respuestas niponas más importantes a la guerra y a la bomba. Y, además de formar parte de tal movimiento antinuclear, puede haber contribuido a la prevención de una guerra nuclear.

El tormento ocasionado por la bomba (junto con una gran ira contra el estado japonés por involucrarse en una guerra tan brutal y sinsentido, y fallando tan desalmadamente a la hora de proteger sus soldados y ciudadanos) alentó un pacifismo compartido por todos y un sentimiento antiguerra entre los nipones. Ese sentimiento se correspondía con la Constitución impuesta por los EUA, cuyo Artículo Nueve va más allá de cualquier otra a la hora de comprometer la nación con un futuro pacífico. “Aspirando sinceramente a una paz internacional basada en la justicia y el orden el pueblo japonés renuncia para siempre a la guerra como derecho soberano de la nación, y a la amenaza o el empleo de la fuerza como medio de solucionar las disputas internacionales”.
-Nakamura On.

Fragmentos traducidos del artículo de Mark Selden “Living With the Bomb: The Atomic Bomb in Japanese Conciousness”.

1 comentarios:

Edith Albrecht dijo...

The resolution never to enter in war again, can it stand over time and trial? Can the commitment to peace prevail over the mad aggression of our world? The Japanese certainly put their hearts out to the test and to me this is the best feature yet of that nation.

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