Concurso (3): La tela del señor Enokido

Título: La tela del señor Enokido
Autor: indianatog
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Aunque parezca imposible pensé que era guacamole. Después de haberme tragado una buena cucharada mis amigos me dijeron que era wasabi. Mis ojos en ese momento se nublaron de lágrimas. La nariz me empezó a irritar y pensé que saldría disparado hacia el techo del restaurante.

Así fue mi primer encuentro con Japón y el recuerdo que tenía en mente sentado delante del portal de esa vieja casa del viejo Kyoto. Estaba esperando a dos japonesas que había conocido a través de Facebook. Habíamos quedado a las doce. Cuando faltaba tres minutos para el mediodía entró en la calle estrecha un Mercedes enorme que parecía llenar toda la vía. A través del cristal se podía ver a dos brazos agitándose con animación: Kyoko y Ayumi. 2 torbellinos salieron del lujoso coche: unos abrazos, unas exclamaciones y miles de sonrisas me sacudieron y me transportaron en un guiño en un estado de euforia. Barcelona estaba lejos y todavía pasaría tiempo antes de sentirme aquí como en casa pero ese día me sentí arropado y mimado.
A lo largo de nuestra correspondencia de los meses pasados, les había hablado de mi pasión por el patchwork. Por eso me quisieron enseñar una tienda de telas que se encontraba en las galerías Shinkyogoku: Nomura Tailor.
La entrada adornada de bolsos realizados por la maestra Sato no prefiguraba lo que encontraría al interior. Mis amigas se adentraron en un laberinto de pasillos y de escaleras. Las seguí y finalmente me encontré rodeado de unas estanterías hechas de una madera oscura, casi negra, que desprendía un singular olor a vainilla, canela y pimienta. Lo que al principio tomé por el brillo y los reflejos de cristales tallados eran los motivos de unas telas sedosas que jamás había podido contemplar: el verde era el de la esmeralda más pura, el rojo el del rubís más apasionado. Pero lo que me dejo atónito fue el tacto terciopelado, dulce y algo embriagador que uno experimentaba.
Una mujer estaba sentada a un lado. No parecía ser muy vieja. Nos hizo un gesto para que nos acercáramos a ella. Kyoko me cogió el brazo y empezó a susurrarme al oído la traducción de lo que nos estaba contando esta señora. La tela provenía de la casa del señor Enokido, un hombre que supo producir los más puros hilos de seda gracias a unas plegarias que se fueron trasmitieron siglos tras siglos en su familia. Dicen que el secreto fue desvelado a unos de su antepasado por un monje tibetano en la época del príncipe Shotoku y desde entonces la magia operaba a cada nuevo tejido. Para que perdure el encantamiento, las piezas con motivos verdes se tenían que regalar al primer extranjero que las tocase. Y éste era yo!!! Una emoción enorme se apoderó de mí. Me sentí dichoso y honorado. En la hora siguiente tuve la sensación de estar en el paraíso. Mis amigas fueron una reserva inagotable de paciencia y cuándo salimos de allí fuimos a recomponer fuerza en unos los pequeños restaurantes del mercado Nishiki.

Tengo la tela en la mano, no he soñado. Pero dos días después volví a Nomura Tailor y no supe encontrar las estanterías de vainilla, canela y pimienta.

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